miércoles, 18 de noviembre de 2009

De puntillas

Se salía de la cama, y entonces con el pelo alborotado por los sueños, o pesadillas, se iba descalza por el pasillo.
Pasando de puntillas en las tablas memorizadas que rechinan más cuando se pisan.
Se deslizaba en la habitación del muchacho, lo miraba un segundo o dos y revisaba en el primer cajón derecho del escritorio.
Y ahí estaba como siempre, el cuaderno gastado. Lo guardaba entre su pijama y la chaqueta, cerca del pecho. Y salía del lugar otra vez de puntillas, tratando de no respirar, mirándolo a él de reojo, para asegurarse de que seguía dormido.

Entonces se escondía debajo de las escaleras, encendía un bombillo lleno de polvo y buscaba la última hoja escrita del librito. En silencio leía palabra por palabra ese nuevo cuento, y a veces sonreía y abrazaba el cuaderno, y otras veces, al terminar lo cerraba en silencio y miraba al vacío por horas... interiorizando las palabras. Sabía que él no le escribía a ella, por eso a veces le daban ganas de arrancar cada hoja del cuaderno y enviar en miles de sobres perfumados los cuentos a sus diferentes dueñas, pero otras veces nada más miraba al vacío en silencio.

Y ya para cuando el frío de la madrugada se hacía insoportable, cuando el sueño le cerraba los párpados, o cuando ya el amanecer se dejaba asomar por las ventanas, salía de su escondite. De puntillas otra vez, repetía el camino a la habitación del muchacho. Entraba en silencio, lo miraba por dos o tres segundos y regresaba el cuaderno a su cajón.

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