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miércoles, 18 de noviembre de 2009

De puntillas

Se salía de la cama, y entonces con el pelo alborotado por los sueños, o pesadillas, se iba descalza por el pasillo.
Pasando de puntillas en las tablas memorizadas que rechinan más cuando se pisan.
Se deslizaba en la habitación del muchacho, lo miraba un segundo o dos y revisaba en el primer cajón derecho del escritorio.
Y ahí estaba como siempre, el cuaderno gastado. Lo guardaba entre su pijama y la chaqueta, cerca del pecho. Y salía del lugar otra vez de puntillas, tratando de no respirar, mirándolo a él de reojo, para asegurarse de que seguía dormido.

Entonces se escondía debajo de las escaleras, encendía un bombillo lleno de polvo y buscaba la última hoja escrita del librito. En silencio leía palabra por palabra ese nuevo cuento, y a veces sonreía y abrazaba el cuaderno, y otras veces, al terminar lo cerraba en silencio y miraba al vacío por horas... interiorizando las palabras. Sabía que él no le escribía a ella, por eso a veces le daban ganas de arrancar cada hoja del cuaderno y enviar en miles de sobres perfumados los cuentos a sus diferentes dueñas, pero otras veces nada más miraba al vacío en silencio.

Y ya para cuando el frío de la madrugada se hacía insoportable, cuando el sueño le cerraba los párpados, o cuando ya el amanecer se dejaba asomar por las ventanas, salía de su escondite. De puntillas otra vez, repetía el camino a la habitación del muchacho. Entraba en silencio, lo miraba por dos o tres segundos y regresaba el cuaderno a su cajón.

jueves, 15 de enero de 2009

El principito en la torre

El principito vivió sólo en su enorme torre toda su vida. Había sido una "vida" fría y solitaria, pero vivir encerrado en esa húmeda torre lo mantuvo a salvo de los peligros que rodean el bosque de esos extraños árboles de duraznos.

El problema del principito, es que, sí, es un príncipe, pero de una torre vacía y fría, que no es NADA comparado con lo que ofrece el mundo, ni siquiera con el sabor de un durazno. El vivir encerrado así, no le permitió nunca sentir, sentir nada, ni que era el sol, ni que era el cariño, ni que era cualquier sentimiento hacia nada... Cualquier sentimiento excepto uno: el miedo.

El principito no sabía que era soberano de nada, excepto de el peor defecto humano que existe, el mismo que lo mantenía atrapado en la torre de piedra. El pobre dejó pasar los años escondido, porque creía que estaba bien, que era mejor dejar palidecer su rostro bajo la sombra muerta de la roca a asoma sus ojos a la cálida luz solar que quemaría su piel, pensó que encerrado se protegía, nunca pensó que se encerraba.

La muerte del extraño príncipe era inminente, tanto tiempo horrorizado por miedos inexistentes lo hicieron incapaz de sobrevivir a las cosas más simples del mundo exterior. La torre no sólo endureció su rostro si no , que también petrificó su corazón, amar, hizo que se deshiciera como la arenisca de alguna roca interminable. Por eso murió, porque descubrió que ella era más importante que cualquier miedo encarnado, y que en realidad jamás había vivido hasta que decidió morir.

La moraleja (ya que se supone que los cuentos deben tener una) es que el miedo es parte de la naturaleza humana, sí, aveces es casi inevitable sentirse el ser mas cobarde del planeta. Pero les recuerdo que hay algo aún mas grande que el miedo, más humano, mas sublime, mas poderoso, y más inevitable: el amor.

Damas y caballeros, siempre tendrán dos opciones, el maldito miedo o el amor. Si he de darles un consejo es que SIEMPRE escojan el amor... Tal vez ustedes descubran como el principito, que aunque amar los lleve a la muerte, vivir con miedo NO ES VIVIR.

Por eso escribí: Época de duraznos y por eso estamos orgullosas de nuestro hermoso stop motion que pueden disfrutar acá: Época de duraznos

sábado, 20 de septiembre de 2008

De alas y hongos

La vida da muchas vueltas, hay quienes la viven, vuelan, se caen, corren, se vuelven a caer, se ríen, lloran, y siguen creciendo y creciendo como si de comer hongos rojos de Mario se tratara.

Pero hay quienes, se arrastran mientras les sangran las rodillas, hasta que se encuentran a alguien que sabe vivir, y crecer y crecer, y no pueden soportar ver al otro sangrando (normalmente quienes comen hongos de Mario son personas bondadosas y felices), entonces dejan de volar, y bajan a ras del suelo para ayudar a levantarse a quien se arrastra, a veces lo logran por ratos, pero al final terminan maltratando sus alas tratando de hacer que el otro se levante, porque quien quiere levantarse tarde o temprano lo hace sólo, quien quiere levantarse no necesita mas que un empujón. Pero hay quienes se sienten bien arrastrándose, porque ser "oscuros", "dolidos", "pisoteados por la vida" los hace sentir especiales.

Quienes vuelan pueden terminar rompiendo sus alas, y dejando de crecer, y de sonreír, porque es tan difícil ver a quien se arrastra, hacer todo y más porque se levante y ver que el único resultado es que ahora se carga con una oscuridad que no es propia. Muchos de los que vuelan se dan cuenta demasiado tarde de que deben dejar de llorar por quien se arrastra, y que aveces no se puede hacer nada por quien no quiere volar. (El problema es que ella no entendía que hay gente que no quiere dejar de arrastrarse)

Pero ella, que había aprendido a volar a duras penas, se dio cuenta que no podía hacer más, le sonrió, le deseó lo mejor, y le dijo adiós. Al ver que la había perdido él lloró, y trató de hacerle daño (porque quienes se arrastran normalmente sólo logran sentirse bien haciendo sentirse peor a los demás), en parte lo logró, pero ella sabía volar, y crecer, y sonreír, y supo sanar sus alas.

Ella en secreto lo observó de lejos, porque realmente quería ver que se levantara, y aveces parecía que sí, que caminaba, y ella sonreía aún más. Hasta que vio que otro ser alado voló cerca, y cuando él vio esas alas, se tiró al suelo otra vez, y volvió a arrastrase, y como quienes tienen alas son bondadosos y felices, bajó al ras del suelo y empezó a tratar de que él se levantara...y él arrastrándose sonrió.

Ella de lejos se da cuenta hoy, que hay quienes disfrutan arrastrándose, porque se creen especiales y oscuros de esa manera, y creen que por estar tristes merecen que alguien los cuide o ame... Ella hoy, entonces, deja tirada su culpabilidad, y le manda de regalo la lástima que le da... Y pide al cielo, que ese otro ser que vuela, se de cuenta a tiempo.